Gentileshombres de Verona


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Pronto echó de ver Proteo que el procedimiento empleado para conquistar a Silvia no daba los resultados apetecidos. Había ya sido de primero traidor a la amistad de Valentín y ahora quería traicionar al señor Thurio, pero su segunda traición no había de ser de mayor éxito que la primera. Silvia era demasiado bien nacida para dejarse seducir por un hombre sin palabra; por lo cual, al hacerle protestas de fidelidad, echábale ella en cara su falta de lealtad al amigo ausente, y al alabar su hermosura, recordábale el perjurio que cometiera quebrantando la fe debida a Julia. Pero a pesar de estos reproches, cuanto más rechazado era Proteo, tanto más crecía su admiración y más se encendía su pasión por Silvia. Bien conocía lo indigno de su proceder respecto a Valentín y a Julia, pero faltábale la fuerza de voluntad necesaria para vencer la tentación y dominarse a sí mismo.

Según lo convenido, trajo aquella noche el señor Thurio una compañía de músicos y se dió una encantadora serenata en los alrededores del palacio del duque de Milán, debajo de las ventanas de la habitatión de Silvia.

La letra del canto decía asi:

¿Quién es Silvia, la joven que el anhelo
forma de los zagales? Es la pura,
la graciosa y discreta criatura
que admiran de consuno tierra y cielo.

¿Es tan tierna cual bella? Su ternura
iguala a su belleza: el Amor ciego
medicina a su mal buscó y sosiego,
y en los ojos lo halló de Silvia pura.

iCantad a Silvia pues! iSea bendecida
la beldad que en su hechizo a los mortaies
sobrepuja; y de flores celestiales
tejedle la guirnalda merecida!

No era sola Silvia la que escuchaba aquellos acentos, otro testigo tenía Proteo, sin él saberlo, ni siquiera sospecharlo.

A su llegada a Milán, había hecho Julia indagaciones sobre su infiel amante, y dado estas tan buen resultado que, el patrón de la casa en donde Julia se hospedara, conocedor de la vida y hechos de Proteo, ofrecióse a llevarla al lugar de la serenata para que viese por sus propios ojos al hombre por quien preguntaba, y así podría ser ella misma testigo de la inconstancia del amante. Efectivamente fue allá disfrazada, como iba, de paje y presenció toda la escena. Allí vió cómo, a pesar de sus juramentos de eterno amor hacia ella, se atrevía ahora a hacer el amor a otra mujer. ¡Pobre Julia! ¡cuán menguado placer había de causarle aquella dulce música y que mal habían de sonar en sus oídos las notas de amorosa melodía! ¡Cómo contrastaban con el áspero y torturador acento de las palabras del perjuro amante!

—¿Este señor Proteo, de quien hablamos visita acaso muy a menudo a esta joven?—preguntó Julia a su huésped.

—No os diré sino lo que sé de boca de su criado Launce,— respondió el patrón,—y es, que la quiere con delirio.

—¡Tate!.. helos aquí—dijo Julia, amparándose con la sombra para no ser vista; y oyó a Proteo que decía:

—¡Tened ánimo!, señor Thurio, voy a hacer vuestra causa con tal destreza, que no dudo reconoceréis que soy maestro en el arte de urdir intrigas amorosas.

—¿En dónde nos veremos?—preguntó Thurio, mientras se disponía a partir con los músicos.

—En la fuente de San Gregorio—respondió Proteo.

—Hasta luego pues.

Y quedó solo Proteo. Asomóse en aquel mismo momento Silvia al balcón de su habitación que caía encima del sitio en donde había tenido lugar la serenata.

—Buenas noches, señora—dijo saludándola Proteo.

—Buenas noches, amables jovenes, y mil gracias por tan dulce música. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

—Con un hombre—respondió Proteo, —cuya voz reconoceríais en seguida, si penetráseis la sinceridad de su corazón.

—¿El señor Proteo, a lo que parece?..

—El mismo, vuestro servidor, noble señora.

—Y ¿cuál es vuestro deseo?

—Cumplir siempre los de vuestra merced.

—Muy justo es el vuestro. El mío es que os retiréis al instante de aquí y que os vayáis a dormir, ¡hombre solapado, falso, perjuro y desleal amigo! ¿Pensáis acaso que soy tan frívola y tan estúpida, que me deje seducir por vuestras lisonjas, sabiendo a cuántos habéis engañado con vuestras vanas palabras? ¡Ea! andad, y dirigios mas bien a la señora de vuestros pensamientos, que yo (lo juro por esta luna que nos alumbra) estoy tan lejos de acceder a vuestra pretensión, que os desprecio por vuestra indigna conducta y aun doy por mal empleado el tiempo que gasto en hablar con vos.

—¿lgnoráis acaso que la joven a quien aludís murió ya? repuso Proteo.

—Aun suponiendo que así sea —respondió Silvia,—¿acaso no vive Valentín, vuestro amigo, de quien sabéis muy bien que es mi prometido? ¿No os da vergüenza el faltar tan palpablemente a la lealtad de amigo?

—He oído—repuso Proteo,—que murió también Valentín.

—Haced, pues, cuenta—añadió Silvia,—que también yo estoy muerta, pues estad seguro que mi amor le sigue hasta la tumba y está sepultado con él.

—Amable señora, permitidme que lo desentierre y lo saque a la luz del día—dijo Proteo.

—Id más bien a la tumba de vuestro difunto amor y despertadle si podéis, y si no, sepultaos también con él.

—Señora, ya que mostráis un corazón tan duro para mí—replicó Porteo, —por lo menos complaced mi amor dándome vuestro retrato; pues ya que estáis entregada a otro, yo ya no soy sino una sombra, y a la vuestra consagraré mi amor

—No me avengo en manera alguna—respondió Silvia, a ser vuestro ídolo; pero ya que sienta bien a vuestro pérfido corazón el admirar a las sombras e idolatrar en vanas formas, enviad mañana por mi retrato y os lo entregaré. Así, pues, quedad con Dios.

—¡Cielos! ¡Qué noche voy a pasar! Ni más ni menos que la del reo que está en capilla—dijo Proteo.

La pobre Julia oyó toda la conversación que habían tenido su perjuro amante y Silvia. Ya no era posible dudar por más tiempo de su mala fe; pero como su amor era profundo y sincero, no pudo convencer a su corazón para que se determinase a aborrecer a aquel hombre y abandonarle para siempre Todo esto sucedía estando Proteo de huésped en Milán, en la misma casa en que Julia se había hospedado; pero como quiera que andaba tan preocupado con la comedia que estaba representando no se le ocurrió que aquel extraño joven, llamado Sebastián, pudiese ser la propia Julia, que él suponía estar en Verona. Sin embargo, algo había en él que le llamaba la atención: sus maneras distinguidas y su aspecto de joven honrado y fiel le indujeron a tomarle como paje, substituyéndolo a Launce, cuyo carácter ligero y cuyas bufonadas habían, más de una vez, puesto en ridículo a su señor.


Este libro pertenece a la colecciòn Alba Learning.

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