La mujer pedante


Read by Alba

El tren para Andalucía estaba dispuesto para marchar, y en la sala de descanso de la primera clase, se encontraban multitud de personas, unas impacientes, otras risueñas y tranquilas, y las más silenciosas y mirando de soslayo a los que durante algunas horas debían participar de las mismas emociones, peligros o placeres.

La puerta se abrió, por fin, y en aquel instante se presentó en la sala un nuevo viajero.

Era una señora de cuarenta años, graciosa aún y con restos de haber sido muy hermosa; pero ridícula en su traje, propio más bien para una joven de veinte años, y aun así, no sin grandes pretensiones.

Un criado seguía a la dama, y ambos corrieron hasta el andén, porque los coches empezaban a cerrarse.

Rápidamente subió a uno de ellos, y dijo al sirviente:

—Antonio, mi anteojo, mi álbum, mis libros, el estuche y la caja de pinturas.

—Pero, señora, no puede usted llevar esa caja consigo.

—¿Y por qué no, señor mío? —contestó al empleado del ferrocarril.

—Porque molestará a los demás.

Un joven aseguró, por galantería, que podría colocarse perfectamente, y el tren se puso en marcha.

—Antonio —gritó—, cuidado con mis flores y mis tórtolas, y no descuide usted enviarme todos los días las cartas, periódicos y entregas que lleven para mí.

—No tenga usted cuidado, señora —respondió el criado encogiéndose de hombros.

Cada viajero se mantenía en silencio, contemplando el campo verde y lozano, los variados paisajes que a la vista se ofrecían o recorriendo las páginas de algún libro, destinado a servir de distracción y recreo.

Así continuaron hasta cerca de Aranjuez.

La viajera asomó la cabeza por la ventanilla, y dirigiéndose a su vecino de la derecha, dijo:

—¿Qué le parece a usted ese paisaje?

—Es precioso: las alamedas de Aranjuez empiezan aquí, y son encantadoras.

—Sin embargo, falta algo.

—¿Cómo algo?

—Sí, señor; un arroyito serpenteando entre los arbustos, casitas como en Suiza, montañas allá a lo lejos y las labradoras y campesinas con trajes como las italianas; aquellos collares y aquellas sayas, y el lazo alto, y…

—Pero, señora, si estamos en España, en donde también se destacan cordilleras de montañas, y hay labradoras, y arroyos, y…

—Pero no hay lagos como el de Istria.

Y la viajera, con voz algo cascada, pero que se esforzaba por que apareciese juvenil, se puso a recitar la elegía de Lamartine, El lago.

Después abrió su cartera de viaje y sacó un número de La Ilustración francesa, y con un lápiz en la mano, leyó, anotó al margen y se olvidó de su vecino, el que a su vez desdobló un número del Periódico para todos, engolfándose en su lectura.

Pero le interrumpió su compañera de viaje, diciéndole:

—¿Qué lee usted, el Periódico para todos?

—Sí, señora, ¿qué le parece a usted?

—Es un periódico muy popular en España; mas yo no leo sino periódicos extranjeros… Aquí tiene usted la Ilustración; nos habla en este número del Nilo… tiene razón… Los sabios estudian poco, y desde los Tolomeos no hemos dado más que algunos pasos de tortuga… Pero ¿qué es esto?, una novela de George Sand… Mucho ha perdido de algunos años a esta parte… ¡Si no se puede leer!, ¡qué diferencia de la Indiana a esto!, la inteligencia se pierde; pues nada, los que escriben creen que cada vez hacen mayores prodigios. Yo también escribo, sí, señor.

—Ya me parecía.

—¿De veras? Pero es solo de afición; no crea usted, hago algunos versos, y todos mis amigos dicen que son buenos… Si yo hubiera nacido en los tiempos de Isabel la Católica… hubiera conocido a Quevedo, y…

—Pero si el festivo escritor nació mucho después, en el siglo XVI…

—Lo mismo da; me equivoqué, pero no será porque el conocimiento de la historia no me sea familiar.

—No lo dudo.

—No hace muchos días escribí una leyenda de la conquista de América… Hay descripciones tan nuevas… si viera usted qué tipos…

—Ella sí que es un buen tipo —dice uno de los viajeros cansado de aquella charla.

La viajera, sofocada por el calor, se quita el sombrerillo de paja con rosas y plumas, y sus cabellos, medio despeinados, caen sobre sus hombros, asemejándose a una caricatura de Safo.

—Tengo mucha facilidad y un lenguaje especial, sí, señor, tal vez demasiado elevado; pero yo escribo para las edades venideras, porque vivimos en un siglo tan prosaico…

Las artes, las ciencias, la política, nada olvidó; y como sus ideas de vez en cuando no revelaban una gran instrucción, las desarrollaba de un modo tan original, que los viajeros sonreían y sin duda pensaban:

—¡Qué insoportable es una mujer pedante!

Verdad es; el talento en la más bella mitad del género humano hace la vida agradable, y felices los momentos que los amigos o el esposo pasan a su lado; pero, ¿hay nada más insoportable que la pedantería?

Viendo que su vecino callaba y sin duda considerando era inferior a ella, sacó un libro de memorias, y mirando al cielo, y a los árboles, y a los arroyos, empezó a escribir versos.

—Lira, lira —exclamó—, necesito un consonante; pero sublime estilo, de Quintana… Lira.

—Fácil es —contestó el vecino de la derecha—: lira, suspira, mira, espira, admira.

—Y tararira —dijo otro.

La viajera lanzó una mirada de supremo desdén, y se perdió en las esferas de la inspiración.

—En las regiones del arte, allí te admira…

—Manzanares —gritó una voz.

La viajera recogió su estuche, su álbum, su anteojo, sus libros, y bajó del coche.

—La caja… que se olvida usted de la caja.

—¡Ah!, ¡mis pinceles! —exclamó con entonación melodramática—, sería una pérdida irreparable, porque vivo solo para las artes y para las letras.

—¿No conocéis a esa señora? —preguntó uno de los viajeros al joven cuando la vio alejarse.

—No, señor.

—Pues yo sí: es doña Micaela Albornoz y Perantones; original si las hay, ignorante y convencida de que es una sabia: ¡pobre marido si llega a casarse!, ¡pobres hijos y desdichados criados! Mi familia tiene una casa en Manzanares cerca de la suya, y en las noches de verano la ven vestida de blanco sentada en su jardín, improvisando versos o tocando una arpa vieja, tan desafinada, que hace huir a los que la escuchan. Los criados se burlan, los vecinos se ríen, y si bien le escuchan sus locuras y hasta la aplauden, no es sino para mofarse apenas desaparece.

La mujer de verdadero talento procura sobre todo no ponerse en evidencia; pero desgraciada de la que no tiene ese buen tacto para no pasar los límites, porque los alardes de erudición y de superioridad sobre los demás, conducen precisamente al abismo y al ridículo.

“El periódico para todos" (Madrid).1874


Este libro pertenece a la colecciòn Alba Learning.

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