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El jumento del compadre Pedro

Gelesen von Alba

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Había el año pasado, en Barletta, un sacerdote, llamado micer Juan de Barolo, cuyo beneficio no le bastaba para vivir; así que iba de un lado para otro, en las ferias de la Pulla, con un jumento cargado de mercaderías para venderlas. Recorriendo la comarca habíase encontrado con un tal Pedro, del pueblo de los Tres Santos, que en otro asno hacía el mismo oficio que Barolo. Según costumbre del país, éste no le nombraba de otra suerte que por el compadre Pedro, debido a la familiaridad que los unía. Cada vez que llegaba a Barletta, se lo llevaba consigo y alojaba y regalaba lo mejor que podía. Estas atenciones eran recíprocas, pues el compadre Pedro, que sólo poseía en Tres Santos una casita suficiente apenas para alojar a su burro, a su mujer, joven y linda, y a él, alojaba también a micer Juan cuando le honraba con su presencia. No obstante, al llegar la hora de acostarse, el compadre Pedro no podía satisfacer su buena voluntad,  puesto que no poseía más que una cama, que compartía con su mujer; preciso era, pues, que micer Juan se acostase sobre un montón de paja, al lado de su jumento, que hacía compañía al asno, en un pesebre harto mezquino. La señora Juanita, que no ignoraba el buen trato que recibía su marido en Barletta por parte del cura, había propuesto varias veces que iría a dormir con una de sus vecinas, llamada Zita Carapresa, dejando que ocupara su sitio el bueno del sacerdote; pero éste se negaba siempre a consentir tal arreglo. Un día, entre otros, para pretextar su negativa:

 —Comadre Juana —le dijo—, no os molestéis por mí, pues no soy tan digno de lástima como creéis. El jumento que poseo, lo cambio, cuando me place, en una linda muchacha, devolviéndole después su primitiva forma; creed, pues, que no puedo ni quiero perderlo de vista.

 Juanita, que era muy sencillota, creyó semejante prodigio, y lo participó a su marido.

 —Si el cura —le dijo— es tan amigo tuyo como aparenta, ¿por qué no te inicia en su secreto? Tú podrías convertirme en jumento, y con nuestro asno y yo, tus asuntos irían mejor, pues ganaríamos el doble.

 El compadre Pedro, que no pecaba de ladino, cayó también en el garlito, y, siguiendo el consejo de su mujer, sin pérdida de momento instó a micer Juan para que le participara su secreto. Este hizo lo posible al objeto de disuadirle de su idea, mas no pudiendo lograrlo:

—Supuesto que lo queréis a toda costa —díjoles—, mañana nos levantaremos, según costumbre, al despuntar el alba, y os iniciaré en mi ciencia.

Ya comprenderá el lector o lectora que la esperanza y la impaciencia no dejaron cerrar los ojos durante una buena parte de la noche al compadre Pedro y a la comadre Juana. Apenas empezó a clarear, levántanse y llaman al cura.

 —A nadie en el mundo —dijo éste— querría descubrir mi secreto; pero como me lo habéis exigido vosotros, a quienes no puedo rehusar nada, voy a hacerlo. No obstante, si queréis instruiros como conviene, observad atentamente lo que voy a prescribiros.

 Prometiéronselo así los dos aldeanos, y micer Juan toma una vela y se la entrega al compadre Pedro, diciéndole:

—Ve bien todo lo que hiciere y recuerda con fidelidad las palabras que pronunciare; mas, sobre todo, amigo mío, guárdate de decir nada, haga yo lo que quiera: una sílaba dicha por ti, lo echaría todo a perder, y no podríamos volver a empezar. Ruega encarecidamente que pueda atar bien la cola, pues es lo más difícil del negocio.

El compadre Pedro toma la vela y jura cumplir en todas sus partes las órdenes del mágico.

Entonces, micer Juan hace despojar a Juanita de todas sus ropas, sin exceptuar ni una sola, y la manda guardar con manos y pies la misma postura que los jumentos; después, tocándole el rostro y la cabeza: “Que esto, dice, se convierta en una hermosa cabeza de jumento”. Luego hace lo mismo con los cabellos: “Que esto sea una hermosa crin de asno”. Poniendo sus manos en el pecho de la mujer, donde tomó dos globos elásticos y fuertes, cuyo tanteo no tardó en hacer efecto en una de las partes secretas de micer Juan: “Que esto, continuó, sea un precioso pecho de jumento”. Y lo mismo hizo con el vientre, caderas, piernas y brazos. Sólo faltaba que formar la cola, o, más bien, colocarla. El cura se instala frente de las posaderas de Juanita, y, mientras apoya una de sus manos sobre la grupa, empuña con la otra el instrumento con el que se fabrica a los hombres, y lo introduce en su vaina natural; empero, apenas lo ha metido dentro, cuando Pedro, que hasta aquel momento lo había observado todo atentamente, sin proferir una palabra, no encontrando esta operación de su agrado exclama:

 —Alto ahí, micer Juan; nada de cola, nada de cola; ¿no veis que la ponéis muy abajo?

 El cura no soltaba su presa; así fue que el marido corre a estirarle la sotana.

 —¡Malhaya el badulaque! —dijo micer Juan, muy enfadado, pues no había acabado a gusto su trabajo—. ¿No te había recomendado el más profundo silencio, vieras lo que vieras? La metamorfosis iba a operarse al momento; pero tu maldita charla lo ha echado todo a perder, y lo peor es que no puedo empezar de nuevo.

Es verdad —repuso Pedro— que no me agrada semejante cola; además, la colocabais muy abajo. Dado caso de que fuese de absoluta necesidad, ¿por qué no me llamabais a mí para colocarla?

 La joven, que había cobrado afición a esta última parte de la ceremonia:

 —¡Qué bestia eres! —dijo al tonto de su marido—. ¿Por qué has echado a perder tus asuntos y los míos? ¿Has visto nunca un asno sin cola? Toda la vida serás un badulaque; un instante más y todo queda terminado. No culpes a nadie más que a ti mismo, si no salimos de pobres.

Como la indiscreción de Pedro quitaba toda posibilidad de hacer un jumento de una mujer, Juanita se vistió, el compadre Pedro trató de proseguir su trabajo con un solo asno, no queriendo acompañar a micer Juan a la feria de Bitonto y guardándose muy bien, en lo sucesivo, de pedirle otro jumento.


Este libro pertenece a la colecciòn Alba Learning.

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El jumento del compadre Pedro

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