Cartas a mis muertos


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MADRID 2 DE NOVIEMBRE DE 1 855.

 

¡Ay del que en una y otra sepultura 
prendas del alma sumergirse vio, 
y ansioso tornó a  amar en su locura, 
y otra vez y otra vez su bien perdió!

¡Ay de mi, que, rebelde y furibundo, 
de la fe y del temor rompí los lazos, 
y abarqué el universo..., y vi que el mundo 
era un cadáver más entre mis brazos! 
(Versos inéditos míos.)

 

PREFACIO

Ningún día del año, ninguno; ni el de San José, ni el de los Santos Reyes, ni el de año-nuevo, ni el viernes de Dolores, ni antes de emprender un viaje, ni después de un cambio político, ni en vísperas de elecciones, ni al salir de una enfermedad, ni cuando me entran ganas de ser Académico, ni a  poco de contraer matrimonio, ni la mañana del estreno de un drama mío, ni al día siguiente de perder mi caudal al juego... (ya comprenderán ustedes que la mitad de estas cosas no me han sucedido ni una vez siquiera); nunca, en fin, es tan larga la lista de mi tarjetero, nunca me encuentro con tantas visitas que hacer, como el día de la Conmemoración de los Fieles Difuntos.

¡Y es que pocos hombres de mi edad habrá en la tierra que tengan con el cielo una cuenta tan larga como la mía!

De cuantos barcos eché a  la mar, y fueron muchos... (hablo metafóricamente), apenas veo ya alguno que otro, roto y desarbolado por los huracanes, tendido y solo sobre las arenas de la playa. — Los demás se hundieron para siempre en el Océano.

Dice Quevedo, y dice bien:

No tanto me alegrárades con hojas 
en los robres antiguos, 
remos graves, como colgados en el Templo, y rotos!

¡Noble, filosófico, ascético pensamiento, digno de un espíritu de primer orden! Pero, si Quevedo estaba en lo firme, no es menos cierto que la Tierra se reduce ya para mí a un inmenso Campo-Santo. — Mi verdadera patria se encuentra ya ultra-tumba. — Cuando yo muera me figuraré que resucito. — Allá tengo muchas más relaciones que acá.

Por eso me agrada ir todos los años, tal día como hoy, a  visitar el cementerio más próximo a  mi casa. Poco me importa que el panteón sea este o aquél. La muerte es cosmopolita. — Donde quiera que hallo cruces, flores, cirios y coronas, allí creo que están mis muertos, los míos, mis predilectos finados, los seres que me abandonaron y cuya ausencia debiera llorar todos los días. — ¿No es cada Campo-Santo una colonia de esa patria de todos que se llama la Eternidad?

Y no voy a  llorar...; porque ya no se estila hacerlo.

Ni a  rezar...; porque nunca rezo en público.

Ni a  dar limosna para misas; porque conozco a  algunos sacerdotes que me las dicen de balde.

Voy a  consolarme de no ser ministro, ni sabio, ni hermoso, ni banquero.

Y, de camino, felicito a  mis difuntos y los entero de cuanto ocurre por aquí.

Pero ¡ay! este año son tantos mis quehaceres, que me es imposible ir a  darles los días en persona.

Quédame dichosamente el moderno recurso del correo interior, y a  él apelo, temeroso de que mis amigos del otro mundo se figuren que los he olvidado y mueran de pena, o , por mejor decir, resuciten...;— lo cual sería mucho más espantoso... para ellos.

Ved, pues, lo que les digo con esta fecha.

 

I

Amigo mío:

Tu mujer era una hipócrita: todas las promesas de eterno amor que te hizo durante la luna de miel, y todos los ofrecimientos de viudez perpetua que te dio a  libar en tus últimos instantes, hanse convertido en un Capitán de caballería, con el cual se casará de un día a  otro, si ya no se ha casado.

En mi concepto, la mujer que contrae segundas nupcias al año de enviudar, amaba a  su marido lo bastante para procurarle un Cirineo si llega a  tardar en morirse.

Yo te doy, pues, la enhorabuena por el tino que has mostrado rompiendo tan a  tiempo los lazos que te unían a  semejante Lucrecia Borgia, y te aconsejo que no contraigas ahí segundas nupcias, aunque la misma Semíramis te ofrezca su mano y Satanás se brinde a  ser tu padrino.

Tuyo afectísimo, etc.

 

II

Mujer invencible, corazón de piedra, encantadora y terrible criatura, he asistido a  tus funerales.

Te he vencido en generosidad. ¡Tú fuiste siempre implacable para mí! ¡Yo te he visto vencida por la muerte..., y he llorado!

¿Qué era ya de tu orgullo, de tu coquetería, de tu soberbia?

¡Allí estabas sin poder ninguno sobre mí, roca inexpugnable! Podía engreírme en tu sepulcro..., y arrojé en él una flor.

Pero ahora me engrío. — lAh! ¡Cómo he triunfado de tu esquivez! Ya no te deseo;  ya no me atormenta tu imagen. Tú has dado por mí el salto de Léucades, y he curado de tu amor.

Horas enteras te he estado viendo tendida en el ataúd. Estabas tan desarmada por la muerte, que te compadecí. — ¡Oh! mi compasión te hubiera matado, si ya no estuvieras muerta!... ¡Yo, compasión de tí, reina mía! — Sí, la tuve.

Estabas fea, asquerosa..., y te dejé.

A mi regreso a  casa, vi en el balcón a  Dolores, y la saludé tiernamente... Me acordé de tí... y — ¡óyelo! — suspiré de nuevo.

Conque adiós: hasta el año que viene.

 

III

Muy señor mío: Hace algunos años, desde el borde del sepulcro, me prometió V. irónicamente venir, si podía, luego que muriese, a  darme la razón, suponiendo que yo la tuviera, en nuestra constante polémica acerca de los destinos de la humanidad, de la existencia del espíritu, de la inmortalidad del alma.

Tenía V. ochenta años, y yo diez y ocho cuando remamos tan tremenda batalla. Usted era ateo, y yo creyente. V. se acercaba a  la tumba diciéndome: Dentro de pocas horas habré vuelto al sueño de la nada..., y yo penetraba en la existencia diciéndole a  V. : “Nuestra vida mortal es el verdadero sueño del espíritu, y con la muerte del cuerpo principiará el despertar del alma”

Han pasado algunos años desde que murió usted, y, aunque no me ha cumplido su promesa de aparecérseme una noche para contarme los reinos de ultra-tumba, debo decirle a usted que no por eso he dudado de que semejantes reinos existan.

Yo vi a  V. arrojar el último suspiro entre una sonrisa de incredulidad, es cierto; pero con la calma del hombre valeroso y honrado cuya vida había sido un modelo de virtudes domésticas y sociales! —¡Hasta nunca! fueron las últimas terribles palabras que pronunció V., continuando así nuestra polémica desde las mismas regiones de la muerte. — Hasta luego, le contesté yo a  V. cerrando sus ojos con mi cariñosa mano.

Usted no me oía ya. El problema estaba resuelto para su alma. Acababa V. de morir.

Entonces coloqué mi mano sobre su fría y calva frente, que tan altiva se alzaba al cielo pocos momentos antes, y medité: — «¿Dónde está (me dije) aquel espíritu de investigación que tenía aquí su asiento? Aquella idea inmensa que llenaba los espacios y los siglos, y llevaba aún más lejos su curiosidad sublime, ¿dónde está? — ¿En este cadáver? — No. — Pues ¿dónde?»

¡Oh! si V. se hubiera visto tan triste, tan yerto, tan mudo, tan solemne en su inmovilidad, tan diferente de como siempre había sido..., habría creído en la ausencia de su alma!...

Por lo demás, enterramos su cuerpo de usted en la dura tierra, como V. había deseado.

Y el cuerpo se convertiría en seguida en gusanos, en frondosa yerba, en azulado fósforo, etc., etc., como V. había previsto.

Y yo me afirmé más y más en la creencia de que su alma de V. seguía viva, al reparar en la indiferencia y el despego que me inspiró su cuerpo de V. desde el momento que lo abandonó el espíritu.

Hasta la vista, pues, señor difunto.

 

IV

 

Mi buen amigo: 
Tus hermanas dejaron tu luto a  los seis meses.

A la semana siguiente las vi en un baile.

 

V

 

Apreciable camarada, estimado sido, querido ex-ser:

No sientas haber dejado este mundo. En los tres años que faltas de él, nada ha ocurrido que pueda darte dentera por no haberlo presenciado.

Todo sigue lo mismo: sólo las mangas de las levitas han cambiado: ahora se llevan un poco más estrechas.

La Eleuteria se casó.

Cómoda tropezó al fin, realizando tus pronósticos.

Dámasa se ha hecho mujer, y gusta mucho.

Nuestro terrible Canuto cayó al fin en las redes del matrimonio.

Ninguna novia tuya se acuerda de tí.

Nosotros vamos al café a  las mismas mesas que cuando tú vivías, y se nos pasan semanas enteras sin recordarte ni por casualidad.

Tu hermano hace conquistas luciendo tu reloj y tu paraguas.

La política lo mismo: la dificultad en pié.

No hay actrices nuevas.

Seguimos despreciados por toda Europa y por toda América.

Los marroquíes y los mejicanos nos siguen insultando impunemente.

Ni Portugal ni Gibraltar han sido reincorporados a  la madre España.

Las zarzuelas no han desaparecido todavía, ni han engendrado la ópera española.

Ya habrás visto ahí a  alguno de nuestros amigos. Hablé a  Carlos en sus últimos momentos y le encargué expresiones para tí.

Supongo que estarás en el Infierno, y que por lo tanto no habrás visto a  un ángel que he perdido y que morará en la Gloria.

Di me si Satanás se parece a  la pintura que de él hizo Milton.

Yo espero ir al Purgatorio, o, por mejor decir, ya estoy en él.

Tu drama sigue muy aplaudido. — ¿Te sirve de algo la gloria póstuma?

 

VI

Mi bondadoso y apreciable acreedor:

¡Con que se murió V...!

¡Dios lo tenga en su gloria!

¿Me perdona V. la deuda? — ¿Sí? — ¡Toma!... ¡Ya lo esperaba yo de su generosidad!!!

Dígame V., ¿hay algo de cierto en lo de la metempsícosis? — ¡Hombre... cuidado! ¡No sea V. atroz! ¡No vuelva V. a  nacer, por María Santísima!

¿Quiere V. creerme? Hasta que murió usted estuve persuadido de que había hombres inmortales... (¡No es broma!) — Y desde que ha muerto V., siento creer en la inmortalidad del alma.

Conque... hasta el valle de Josafat..., donde me excusaré de pagarle..., porque..., como resucitará V. desnudo..., no tendrá bolsillo en que meterse el dinero.

¡Abur!  

 

VII

Joven suicida:

Os matasteis... ¿y qué?

Las gacetillas de Madrid hablaron pedagógicamente del asunto.

Yo he olvidado ya vuestro nombre: — lo olvidé al minuto de leerlo.

Vuestra coqueta querida se convenció de que erais un adversario indigno de ella, y sonrió con desprecio.

Vuestra madre está loca de dolor.

¡Sois un infame!

¡Sois un mezquino!

Lo segundo es peor que lo primero.

Pues tan filósofo erais; pues tanto despreciabais la vida, ¿por qué no moristeis como Eróstrato?

Así, al menos, hubierais llegado a la posteridad.

¡Qué! ¿No hay ya ningún Templo de Diana que quemar para hacerse célebre?

¿No sabíais la historia del Lagarto de Jaen?

 

VIII

Muy señor mío y de mi mayor consideración:

Mucho tiempo hace que no lee V. los periódicos.

Antes, todas las mañanas, en la cama, después del chocolate, se aprendía V. de memoria el correo extranjero de El Clamor Público, y se levantaba V. tan satisfecho como si acabara de recorrer toda la Europa...

¿Cómo puede V. pasarse ahora sin saber lo que sucede en estos mundos de Dios?

IX

D. Dimas:

¡Esto es un sacrilegio! Mi amigo Luis derrocha el caudal que reunisteis grano a  grano.

Vuestra avaricia ha engendrado su prodigalidad.

¡Qué abnegación la vuestra, D. Dimas! — Vivisteis en bohardilla por ahorrar dinero, y este dinero paga hoy un cuarto principal en que habita vuestro sobrino.

Vos comíais arenques: él come salmón.

Vos no fuisteis nunca al teatro: él va todas las noches.

Y vuestro oro, vuestro amarillo, vuestro reluciente, vuestro querido oro, vuestras rancias peluconas, corren que es un portento de garito en garito, de lupanar en lupanar.

¿Cómo no resucitáis, D. Dimas, y recogéis vuestro dinero, y os coméis a  vuestro sobrino?

 

X

Duque:

Tu lacayo tiene la insolencia de vivir más que tú. — Él toma el sol, respira el aire y va al teatro de la Zarzuela, mientras que a  tí te comen los gusanos...

¡Duque! ¡Señor duque!

 

XI

¡Duermes al fin!... — ¡Ah! sí, descansa, descansa en paz!

¡Ya eres más dichosa que yo!

Cuando mi aparente dicha hería como un sarcasmo tu infortunio;

Cuando tus desventuras me vengaban;

Cuando un prematuro otoño te brindaba frutos enfermizos, que no eran la cosecha de la vida, sino los esqueletos de sus flores;

Cuando, sin fe, sin amor, sin esperanza, era tu porvenir una maldición, tu pasado un remordimiento, tu presente un páramo de horribles decepciones;

Cuando, perdida la juventud del alma y la frescura del cuerpo, te mirabas y no te conocías, me mirabas y llegabas a  conocerme, y a  temblar, y a  arrepentirte;

Cuando el mundo se desprendía de ti, coma de una hoja seca;

Cuando yo mismo apartaba los ojos de tu belleza profanada, y confiaba en olvidarte, y ponía hacia otras regiones el rumbo de mis días, y te dejaba sola en tu desesperación, — como quien abandona una isla desierta;

Cuando tú te convenciste dolorosamente de que yo (tu primero y último amigo, el más fiel, el más generoso), también te desahuciaba, también te huía...

¡Ah! ¿qué te restaba sino morir?

Moriste a  tiempo. — Los ojos de la Misericordia se han vuelto hacia el último instante de tu vida, y lágrimas y flores y bendiciones te han acompañado a  la tumba!

¡Has sabido morir! — ¡Duerme en paz! ¡Reposa, reposa, al fin, después de tan deshechas tempestades!

Ya estás redimida: tu sepulcro es tu pedestal, — y, por la vez primera después de muchos años en que el orgullo me ha servido de mordaza, puedo decirte sin sonrojarme esta verdad, única de tu vida, que tanto te hubiera consolado en la hora de tu muerte:

¡Nunca dejé de amarte!

Madrid 1855.

(0 hr 28 min)

Este libro pertenece a la colecciòn Alba Learning.

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